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lunes, 19 de marzo de 2012

ANACARSIS ENTRE BOEDO Y LANÚS

Autores:

Ana María di Cesare

Cora Silvia Stábile

Graciela Di Pasquale

Margarita H. Paroli

Luis María Campos

Diana Blasco

Mario Borrajo

Ana María Bercebal

Susana Seoane

Rosa Diakow

María Luisa Cousiño

María Teresa Fredes

Taller de Historia Oral “Buenos Aires y vida Cotidiana”- Año 2011

¿Pará qué quería don Anacarsis, esas 15 hectáreas perdidas en el partido de San José de Flores, cuando todavía, en 1870, se les nublaba el cielo con las polvaredas de los caminos? ¿Para qué le servían aquellas imprecisas 9 cuadras y 18 varas, según la denominación antigua, a quien poseía estancias en diferentes provincias y, el establecimiento agrícola - ganadero modelo de la nación?

Es probable que nunca lo sepamos, en eso recae nuestra castración como historiadores, los documentos juegan con nosotros, nos abren el interrogante y también nos lo cierran.

Sí podemos descartar, que la compra fuera el pago a una deuda de gratitud hacia la antigua poseedora. De muy diferentes extracciones sociales e ideológicas provenían don Anacarsis y doña Rosa Padín. Los Padín, como tantos otros quinteros del rincón Sudeste de San José de Flores, habían adherido a la causa rosista con pasión, con sangre propia y ajena. Él, en cambio, aunque había comenzado a prosperar en tiempos de Juan Manuel, militaba en el extremo opuesto.

Tampoco es que por vivir en Monserrat, necesitara respirar el aire fresco de las quintas del Oeste. Por mucho que se perfumara la brisa y las frutas brotaran tentadoras como en el Jardín del Edén, por más que la alfalfa en flor volviera en lila los campos, ni Don Anacarsis, ni su esposa doña Dolores, necesitaban dirigirse a San José de Flores, para satisfacerse con tan naturales dones. Ya disponían de suficientes hectáreas en Villa General Paz -como la llamaban- en Barracas al Sur, donde don Anacarsis podía dedicarse a su pasión por los caballos de carreras, rodear su hermoso chalet suizo con haras donde cuidar de los pura sangre, que importaba fascinado. Es cierto que disponía de una cuantiosa fortuna que bien le permitía darse gustos y comprar lo que le dictara su capricho. Pasaba por buenos años, la guerra con el Paraguay parecía ir anunciando un final. Algunos vociferaban que se la había prolongado más de lo necesario y, aunque esas voces lo ensuciaban y salpicaban a Mitre, tenía la conciencia tranquila, ya le había retribuido la admiración y los favores, con la casa de la calle San Martín 336, que él junto a Ambrosio Lezica y Cándido Galván, como principales capitalistas, habían escriturado a su nombre.

Hipólito Anacarsis Lanús era rico, inmensamente rico, cuando en aquella mañana de enero del 1870 compró a Rosa Padín viuda de Acosta, la chacra que hundía su vértice Sudeste en el actual barrio de Boedo.

Llevaba tantos años como porteño, que quizá rara vez recordara que había nacido en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, un catorce de noviembre de 1820. Era uno de los muchos hijos del bearnés Jean Lanusse Cazenave y de la porteña Teresa Jacinta Calixta Fernández de Castro. Anacarsis, al igual que otros de sus hermanos, con los que en tiempos formara un consorcio, se dedicó al comercio. Tenía dotes y le fue muy bien. Se dice que fue uno de los más ricos de Buenos Aires, su casa comercial giró millones de pesos. No hubo empresa de envergadura en la que su nombre no estuviera asociado y, también fue cabeza de lanza para actividades hasta ese momento impensadas. Si bien su fortuna se cimentó sobre sus actividades agropecuarias, él supo racionalizar su capital en muy diferentes operaciones.

Al comenzar sus actividades en el comercio minorista, no imaginó hasta donde llegaría. Durante el gobierno de Rosas se dedicó a la importación, pero, su etapa de gran prosperidad comenzó con el Estado de Buenos Aires. Si bien, insistimos, supo asociarse a distintas empresas, fue en el abastecimiento de los ejércitos donde amasó pingües ganancias. Después de Caseros se unió a Mitre participando de la Revolución del 11 de septiembre de 1852. Ocupó cargos en sociedades anónimas y en bancos, por ejemplo, la dirección del Banco Argentino, al trasladarse esta institución de Rosario a Buenos Aires, en representación de sus intereses y los de su amigo Urquiza. En 1852 fue nombrado segundo jefe de policía. Durante la década del 60, proveyó a las milicias que enfrentaban a los indígenas en el sur de la Provincia de Buenos Aires.

Hombre fiel a Mitre, don Bartolomé lo premió nombrándolo proveedor de los ejércitos aliados en la Guerra de la Triple Alianza, junto a sus socios Lezica y Galván. Fue durante este negro período de tan cruel guerra, que le llovieron las críticas. La fortuna de los socios creció geométricamente a la par que los soldados recibían pertrechos de pésima calidad. No sólo se los señaló por comerciar con artículos inferiores a los que se habían comprometido por contrato, sino de obtener en las transacciones una ganancia de cinco veces el valor real de lo entregado.

Cita Vicente Gesualdo, en la obra “Historia Argentina”, que él dirigiera: que los proveedores, abastecían a los ejércitos de las tres naciones que declararon la guerra, de víveres, tabaco, yerba, alcohol, ropas y también armas. Estas últimas eran sobrantes comprados a Europa. Hombres de la política y de la cultura, denunciaron el negociado por el cual se dilataba el término de la guerra, para continuar percibiendo ganancias, imputación a la que se sumaba Brasil. Para unos, Mitre simplemente había beneficiado a sus amigos, otros consideraban que su moral se había relajado al aceptar la donación de la casa de la calle San Martín en 1869, de la cual se dijo que había sido pagada por suscripción pública, pero de la cual comentaba Sarmiento en carta del 17 de marzo de 1869 a su amigo Mariano E. de Sarratea, “...su casa fue negociada por agentes y obtenida la suscripción de los proveedores que mediante despilfarro de la rentas han ganado millones, como Lezica, Lanús, Galván, que al fin la costearon casi en su totalidad..

Tales fueron los excesos cometidos, que las voces indignadas se hicieron por fin oír, exigiendo se iniciara una investigación, la cual nunca se cumplió, porque un oportuno incendio terminó con los archivos, impidiendo la revisión de las cuentas.

Mientras esta crítica recorría al pueblo argentino, Lanús, junto a Lezica, Galván, Rufino de Elizalde y Mitre, constituían una Sociedad Anónima, que se hizo cargo de La Nación Argentina, fundada por José María Gutiérrez, a la que le cambiaron el nombre por el de La Nación, que como el mismo Mitre expresara sería ese diario “una tribuna de doctrina”.

Entre 1867 y 1871, en tiempos de la Guerra con el Paraguay, junto a sus amigos Ambrosio Lezica y Cándido Galván, instaló las aguas corrientes en Montevideo. Al finalizar estas obras, en 1871, fue elegido diputado. En 1848, Lanús había comprado en Barracas al Sur una estancia, en lo que hoy es el pueblo que lleva su nombre. Amante de las Carreras Hípicas, no sólo fue el primero en introducir sementales que mejoraran la raza criolla, sino que creó, en 1871, cerca de la estación del ferrocarril, una pista de carreras, o si quiere primer hipódromo, conocido como Circo de Santa Teresa. Para administrarlo formó una sociedad a la que bautizó: Amateur Racing Club, denominación que luego cambió por: Club de Carreras Argentinas.

Si bien algunos autores consideran que en 1872, se produjo un quebranto fatal en su fortuna, consideramos que no debió ser de tal magnitud, ya que en 1873/74, lo encontramos adquiriendo con sus inseparables socios, la Villa Colón, en la República Oriental del Uruguay, de la que estimularon su desarrollo. Es probable que su caída económica, se deba mejor, a su decisión de apoyar con sus bienes y prestigio, la revolución mitrista de 1874, cuando don Bartolomé decidió alzarse contra el Gobierno Nacional, desconociendo la autoridad de Nicolás Avellaneda, que acababa de ocupar la presidencia de la Nación. A partir de esta aventura, Anacarsis Lanús comenzó a recorrer el camino inverso, a ver desaparecer su capital, a perder las propiedades que había ido sumando, entre ellas la quinta de San José de Flores, que escrituró Juan Manuel Villarino, el 26 de septiembre de 1883, luego de comprarla en remate, en la tercera vez que salía a subasta.

Tuvo un atisbo de recuperación en 1879, cuando con la campaña de conquista del desierto, volvió a desempeñarse como proveedor de los ejércitos. Aunque ya estaba enfermo, su fuerza para el trabajo y su tesón lo empujaban a diversificar y, en la lucha por rehacerse económicamente, logró en octubre de 1887 la sanción de la Ley 2189, por la cual se lo autorizaba a construir el ferrocarril entre Argentina y Bolivia.

La muerte, aunque era esperada, se le anticipó un 14 de octubre de 1888, cuando el cáncer intestinal le ganó la partida. Dos años antes había fallecido su esposa Dolores Rojas por neumonía. Sus hijos abrieron el juicio sucesorio, en el que desde un comienzo descubrimos contradicciones. Expresan los 5 hijos por boca del mayor, Juan Lanús, que no ha quedado bien alguno que sobreviviera a su padre, salvo, los rendimientos, si se dan, de los últimos negocios en que anduvo ocupado y, que servirán para pagar las deudas, que esos mismos emprendimientos conllevarían, ya que para desarrollarlos debió pedir prestado. Que bien sabido era que Lanús, había perdido unos 15 años atrás todos sus bienes, por negocios desgraciados, y por un concurso al que se vio obligado a entrar. Sin embargo, acaecida la declaratoria de herederos, Ricardo Lanús, a Folio 51 de los autos sucesorios, declara que han olvidado, involuntariamente, declarar la propiedad de un terreno en Cevallos 1863 entre las calles Progreso y Armonía, donde funcionaba una fábrica de hielo. A Folio 60 y 61, del mismo expediente, en 1911 a 12 años de abierto el juicio sucesorio, Juan R. Lanús expone: “Consultados los papeles quedados al fallecimiento de don Anacarsis Lanús y de prolijas informaciones que he recojido, resulta que esta sucesión tiene varios inmuebles en esta ciudad los cuales se encuentran en poder de diversas personas. He ocurrido á algunas de esas personas y me han manifestado que lo que poseen lo tienen a título de compra a don Anacarsis Lanús y demostrado mi carácter de sucesor he pedido á objeto de evitar una cuestión judicial me enseñen su título a lo que se han negado en fútiles pretestos lo que me ha confirmado más la creencia que son simples poseedores. En consecuencia y con el propósito antedicho vengo a pedir se libre oficio al Señor Archivero General de los Tribunales para que informe que inmuebles ha vendido don Anacarsis Lanús en el año 1869 y desde 1876 y 1888…” (1) A lo largo del juicio por cobro de pesos que iniciara el Banco Nacional, se va pidiendo el levantamiento de inhibición que pesa sobre la testamentería, para ir cumpliendo con pagos o donaciones. Así, por ejemplo sobre una propiedad rural que tenía don Anacarsis en sociedad con Lezica con tierras distribuidas entre Santa Fe y Santiago del Estero. Sobre unos terrenos en la Calle Balcarce esquina Brasil, para proceder a su subdivisión y cumplir con demandas del juicio iniciado por la testamentería de Ambrosio Lezica contra la de don Anacarsis. También para donar las tierras y dos casas unidas situadas cerca de la estación (Lanús).

Este señor, hoy casi completamente olvidado, fue vecino de Boedo, al menos una parte de su terreno, un polígono irregular que ubicamos aproximadamente entre las calles Pedro Goyena, Viel, Estrada, Avenida La Plata en su ángulo Noreste y con una entrada en su ángulo sudeste hacia las inmediaciones de Muñiz y Constitución.

Ahora bien, este trabajo aunque parece centrar su eje en la propiedad que Anacarsis Lanús supo tener en esta zona, lo que intenta es demostrar la importancia del trabajo erudito, ya que el documento que anuncia un hecho, permite desentrañar otros, para ir echando luz sobre áreas que permanecen en absoluta oscuridad o falsificadas por mitos y leyendas, que se repiten sin cuestionar su origen ni su verosimilitud.

Poco sabemos acerca de los pioneros que abrieron con sus pies, las huellas de lo que hoy son las calles que caminamos. Casi nada se ha investigado acerca de la forma en que se formaron las quintas que comenzaron a escribir la historia de Boedo; los modos en que los primeros chacareros adquirieron sus propiedades, si por donación, por enfiteusis o por reconocimiento de lo que ya se poseía de hecho y; si es así, como y porqué llegaron a estos rumbos. Poco se sabe sobre el origen de esos primeros vecinos, sus nacionalidades, ocupaciones primordiales, estatus, relaciones con el poder colonial, sus vinculaciones religiosas, su situación personal. Casi nada sobre el sistema con que se hacía producir la tierra, que mano de obra las sembró e hizo prosperar, con que tecnología, nada sobre los esclavos que regaron su sudor y sus lágrimas sobre el suelo boedense. Tampoco sabemos cual fue el destino de sus descendientes, como afrontaron el período de las guerras de la emancipación, como padecieron las luchas civiles, en que bandos se alinearon, qué vinculaciones tejieron con lazos celestes o punzó y cuales fueron las consecuencias soportadas antes y después de Caseros. Daría la impresión que ésta área nació con los teatros puestos, con sus vates anarquistas y sus legendarias minervas. Pero no es así, antes de convertirnos en un barrio amante de las artes, hubo una población rural a la que aún no se sacó del anonimato, que padeció valerosamente los males bíblicos: pestes, langosta y persecución. Personas que ayudaron a construir la patria y que un día se rindieron a la ola urbanizadora. Por supuesto, ignoramos, también, sus sentimientos cuando el mundo que conocían se repartía en lotes que iban llenándose con ladrillos.

Estos blancos, únicamente se completan con arduo y paciente trabajo de archivo.

El documento que nos revela la existencia de la quinta en cuestión, una de las tantas que pobló estos pagos, cuando aún las disposiciones catastrales no nos dividía por barrios, es la mensura que el 10 de febrero de 1870, realizara el agrimensor Francisco Del Valle, de los terrenos, unos días antes, adquiridos por Lanús. Este documento nos habilita el conocimiento no sólo de las condiciones de esas 9 cuadras, sino la genealogía de una fracción de la tierra boedense en sus tiempos heroicos.

Del Valle encontró que la superficie mencionada en la escritura de compra no coincidía con la real del terreno, entonces, buscó el faltante en las quintas inmediatas. Así, nos ofrece datos precisos acerca de dos vecinos de Boedo: Castillo y Guedes. Menciona, pero deja en el borde del plano, a otros como Machín, Ballesteros, Roigth y a los Pereyra, primos hermanos de los Guedes y de no menor transcendencia que estos, en cuanto al tiempo en que ocuparon las tierras que se les conoce y, por la importancia de sus bienes personales. Obtenemos la superficie de las quintas vecinas, la posibilidad de reconstruir las calles que ocuparon, el nombre de los viejos propietarios, las relaciones de vecindad, la costumbre a la hora de establecer los límites y más.

Lindera a la quinta de Lanús, estaba la de Juan B. Castillo. Recostaba su límite Oeste sobre Avenida La Plata extendiéndose hasta las proximidades de Quintino Bocayuva. Tenía frente al Norte, sobre la calle Europa hoy Carlos Calvo, que la separaba de su vecino Machín. Por el Sur, se prolongaba hasta las proximidades de la calle Constitución, lindando con la propiedad de Carlos Guedes. Su superficie era de 157.754 metros cuadrados.

En cuanto a las quintas de Roigth, Ballesteros y Pereyra, sabemos por el Plano del Partido de San José de Flores, que encontraban su límite Este, en nuestra Avenida Boedo.

La propiedad de Guedes, mejor representada para los estudiosos de Boedo, formaba un polígono irregular comprendido aproximadamente entre las calles Viel, Quintino Bocayuva, Av. Pavón y probablemente Constitución. Menos conocido es que poseía una extensión en forma de abanico, que envolvía por el Oeste la propiedad de Castillo, limitando hacia el Este con las quintas de Pereyra, Ballesteros y Roight. Comenzaba con una base de 14 metros como fondo, en un punto entre las actuales Tarija y Constitución, para alcanzar los 57 metros de frente, sobre Carlos Calvo. Esta quinta, conocida por el nombre de la casa que construyera Wenceslao Guedes: “La Constancia”, tenía una superficie de 298.891 metros cuadrados.

Como es de rigor para toda mensura catastral, Del Valle estudió los títulos los títulos precedentes a la compra de Lanús y, por ellos nos remontamos hasta aquellos chacareros que la ocuparon desde el 7 de diciembre de 1785, cuando Domingo de Igarzabal compró a Miguel Ramírez, unas 8 ó 9 cuadras de terreno que habían sido de propiedad del finado José Arroyo. Es interesante notar, que Miguel Ramírez, poseía no sólo las tierras que vendió por simple acto a Igarzabal, sino la franja de terreno que iba desde Av. La Plata a Viel y que formaría luego el sector Oeste de la quinta de los Guedes. A la muerte del adquirente y de su esposa Josefa Echevarría, la propiedad quedó en manos de sus cuatro hijos: Martina, Anjela (2), Casilda y Javier.

Javier Igarzabal, Había contraído deudas con Nicolás Peña, casado con su hermana Casilda. A su muerte, dejó a su mujer Anjela Castelli, la tarea de honrar las obligaciones, así que en agosto de 1822, ella cede la parte de quinta que le corresponde a Casilda, a la sazón viuda de Peña, que a partir de ese momento pasa a ser propietaria del 50% de las tierras, que tiene en consorcio con sus otras dos hermanas.

En julio de 1831, Martina Igarzabal, vende a José Acosta la parte que le corresponde de la quinta. Esta venta resulta para nosotros especialmente interesante, porque informa el nombre de los vecinos. De tal modo, sabemos que hacia el Oeste, las tierras aledañas, no pertenecían aún a los Rojas, sino al “finado Patrón”, nombre que encontraremos en otros documentos. Por el Sur limitaba con las de Ramírez, lo que da cuenta, que aún no habían sido adquiridas por los Guedes. Por el Este con las del finado Rodríguez. Estamos justo en el momento en que los Acosta / Padín comienzan a formar esta quinta. Por otra parte, sabemos que ha aparecido una calle sin nombre que corre por el frente de la propiedad, que con el tiempo se convertirá en Europa y luego en Carlos Calvo.

En Agosto de 1839, Anjela Igarzabal, vende a Acosta su parte. Con este acto, sabemos que las tierras fueron tasadas por Andrés Padín y por Manuel Prado, a quienes vamos a encontrar mensurando casi todas las propiedades de la zona. La novedad es que Ramírez ha muerto, lo que dará acceso a los Guedes a incorporar el terreno.

En Septiembre de 1841, Casilda, vende a Acosta, lo que queda de la herencia paterna.

Finalmente el 27 de enero de 1870, Rosa Padín viuda de Acosta, la vende a Lanús. Para este momento el cuadro de situación ha cambiado. La calle que pasa frente a la propiedad ya fue bautizada como Europa, se da entidad a los vecinos que se enfrentan calle por medio, es decir hacia el Norte: Juan Roleri y Silvestre Machín. Por el Oeste, ya es propietario José María Rojas, por el Sur Carlos Guedes es el nuevo vecino. Por el Este: Juan B. Castillo.

Cuando se estudia la evolución en la propiedad de la tierra en el Partido de San José de Flores, llama la atención la continuidad de algunas familias como el caso de los Guedes, que no terminaron de desprenderse de la zona, hasta pasados más de 200 años de permanencia. Otras sin embargo, pasaban de mano en mano sin solución de continuidad. Eso ocurrió justamente con los terrenos de Roleri, que si bien, a primera vista están fuera de Boedo, provienen de una misma heredad que se extendía aproximadamente desde Treinta y Tres Orientales a Viel y desde Carlos Calvo a Av. Independencia y por sus respectivas prolongaciones.

El poseedor más antiguo que le encontramos fue Francisco Almandos, que murió dejando hijos menores bajo la tutoría de Pedro Vicente Ximenez, quien para 1829, vendió el sector Oeste de las tierras -que terminará con el trascurso del tiempo siendo de Juan Roleri - a José Joaquín Olivera. Salvo este último que la mantiene hasta el 48, nadie más parece haber tenido en estima esta franja de terreno. Ese mismo año sufre dos ventas, la primera de los herederos de Olivera a José Lobo y, la segunda de éste a Antonio Aldao, que en dos años la vende a Ana Fleury de Dale. Al año, en noviembre de 1851 ella la transfiere a Eleonora Romano, quien en abril de 1852 la regresa a manos de Ana Fleury. Unos meses más tarde, la dos veces poseedora, las traspasa a Luís Gómez, que antes del año y medio, en enero de 1954 la vende a Flora Suárez. En septiembre de 1855 ésta la transfiere a Manuel Isidro Molina, quien en enero de 1859 la enajena a favor de Enrique Arrotea. Éste las conserva 3 años, hasta marzo de 1862 cuando las vende a Juan S. Roleri.

En cuanto al sector Este de las tierras de Almandos. Pedro Vicente Ximenez recién las enajena a Silvestre Machín en 1842.

La mensura practicada sobre el terreno de Roleri, buscando un faltante de tierras, nos brinda una información extra -como puede observarse en el plano correspondiente, que acompaña a este trabajo-, la ubicación de las casas donde estas personas moraban. Tanto los Roleri, como los Machín, las tenían ubicadas con frente a calle Europa. En el caso de éstos últimos, encontramos la vieja construcción que fuera de Silvestre, fallecido en tiempos de efectuarse el acto catastral, ubicada hacia el Este y, la su heredero, Víctor Machín quien la había construido hacia el extremo opuesto. También, podemos ver las construcciones de Roleri.

Estos accidentes que denuncian los agrimensores de ambas mensuras, el de faltantes de terreno respecto a los guarismos estipulados por las escrituras, eran moneda corriente. Hay que pensar que las tierras cuando fueron compradas, o recibidas en donación, no estaban definidas por un límite preciso. Iban desde un “acá” hasta un “allá”, delimitado por accidentes naturales que se modificaban en el tiempo. Por eso es que los agrimensores, se ven en figurillas para otorgar a cada quien lo que correspondía. Este tema, era, como es esperable causa de enojo entre los quinteros. Que, aunque hoy nos parezca imposible, dada la extensión de sus tierras, que no alcanzaban las 30 hectáreas, no al menos en lo que hoy es Boedo, no sólo debían cuidar la superficie adquirida, para lo cual se empeñaban en realizar con prontitud el zanjeado, que no era barato, o plantar las tunas, que servían a los fines de la delimitación, sino que debían estar en continua vigilancia de que no se les instalaran intrusos, que con el tiempo les discutieran la propiedad del terreno. En las sucesivas épocas de hambruna, de miseria, con frecuencia estos propietarios, ofrecían un recorte de sus quintas, a algún paisano, o conocido, para que las trabajara, suponemos, porque no hay evidencia definitiva, que con un régimen similar al de los “medieros”. Con el tiempo, muchos quinteros se vieron obligados a iniciar juicios para recuperar sus tierras de manos de aquellos que recibiéndolas de favor, intentaban apoderárselas.

También, hubo gestos de decencia, como el de José M. Rojas, que al efectuarse la mensura de Lanús, reconoció que sus mayores por más de 50 años habían rechazado algunas varas sobre el costado BC del plano, lo que le impidió hasta plantar árboles cerca de esa línea. Por lo cual termina cediéndoselas a Lanús.

Valga esta reseña para traer a la memoria a aquellos que fueron hace tanto tiempo, y sirva como incentivo, para futuras investigaciones.

Notas

(1) Se ha respetado en esta cita textual, la ortografía original

(2) Se ha respetado la ortografía usada por el Agrimensor en su detalle de títulos.

Fuentes Documentales

AGN - Trib Sucesiones, legajo 6663

AHM- Archivo de Mensuras. San José de Flores, Carpeta nro 246

AHM- Archivo de Mensuras. San José de Flores, Carpeta nro 63

Bibliografía

Cutolo, Vicente O. : Nuevo diccionario biográfico argentino. Bs. As,

Elche, 1968

di Cesare, Ana María: Los pioneros de la tierra en el Sudoeste de San José

de Flores. Bs.As, Ed. A. Anaximandros, 2010

di Cesare, Ana María: Primera aproximación a una tierra apasionada.

Madrid, Mandrágora, 2009

di Cesare, Ana María: El inicio de una zaga. Bs.As. Ed A. Anaximandros,

2008

di Cesare, Ana María: El dulce encanto de la genealogía de la tierra.

Bs. As., Ed. A. Anaximandros, 2008

Gesualdo Vicente: Historia Argentina, Buenos Aires, Ediciones Océano

Piccirilli, R.; Romay, F.L.; Gianello, L. Diccionario Histórico Argentino.

Buenos Aires, Históricas Argentinas, 1954

Santillán, Diego A. De: Gran Enciclopedia Argentina. Tomo IV. Buenos

Aires, Ediar, 1958

Udaondo, Enrique. Diccionario biográfico Argentino. Buenos Aires,

Institución Mitre, 1938

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