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domingo, 30 de septiembre de 2012

BOEDO, MI CUNA...Y MIS RECUERDOS


   Autor: Luis F. Biggio




Veredas que yo pisé…



Nací el 15 de Diciembre de 1947 en el barrio Boedo.
Mi infancia transcurrió, según reflexiono a la distancia, en un agradable ambiente entornado por veredas arboladas, casitas bajas y calles empedradas. Entonces, el escaso tránsito motorizado que se acentuaba en las avenidas, todavía con los “refugios” dividiendo las don manos, permitía que las calles hicieran las veces de grandes patios para el deleite de los chicos y el regocijo de los grandes que se juntaban alrededor del frente de alguna casa o negocio de la cuadra para comentar los temas de actualidad.
El hecho de ser el “hijo de”, daba una chapa especial que en ocasiones beneficiaba y en otras perjudicaba debido a la rápida identificación ante alguna travesura infantil…”fue el hijo del ferretero”… se escuchaba lapidaria la acusación de alguna vecina a la que la pelota PULPO de goma le había roto alguna maceta del jardín o en el peor de los casos, el vidrio de las puertas o ventanas luego de una “volea” que llevaba como destino el arco formado por el escaso metro y medio distante entre el árbol de la vereda y el frente de la casa elegida como límite del improvisado campo de juego.
Aquellos partidos tenían un sabor especial, se desarrollaban los domingos, generalmente entre las 10 y 12 de la mañana y el preparativo durante la semana era todo un suceso. El comentario con los líderes del grupo sobre a quienes elegir, ganado en el derecho a “primerear” luego de aquella modalidad de la pisada, que consistía en enfrentarse en línea recta aproximadamente a unos tres metros y juntarse en el punto central dando cada uno un paso a la vez. El que al llegar pisaba al otro, elegía primero. Método no tan expeditivo como la moneda al aire, pero mucho más pintoresco.


Los improvisados arcos estaban situados en diagonal, es decir uno en cada vereda y el juego se desarrollaba sobre las mismas y desde luego, sobre la calle empedrada. Las reglas eran claras: pelota que entraba en algún jardín o zaguán, estaba “afuera” y correspondía saque de costado con las manos. El juego se detenía si interfería algún extraño, al grito de “gente” o “auto”. Si alguien detectaba la moto, el móvil o simplemente la presencia física del policía gritaban “la cana”. Entonces quien estaba en posesión de la pelota la tomaba y comenzaba el gran desbande, no fuera cosa que algún padre tuviera que retirarla de la seccional 10º, lo que ocasionaba no pocos reproches.
La calle fue sin dudas el lugar donde se aprendía a dominar la pelota. Trasladarla entre el desparejo empedrado resultaba todo un desafío. Levantarla con el empeine desde la parte inferior del cordón hacia la vereda era una habilidad común entre los pibes del barrio y el cabezazo era fácil de lograr porque la elasticidad de la pelota de goma era apta para practicarlo sin temor.
Y la fiesta era completa cuando se lograba “un desafío” contra la barra de manzanas vecinas. Allí se formaba un “seleccionado” y ganar esos partidos resultaba todo un orgullo que duraba hasta “la revancha”.

Malevos que ya no son…

Roberto Losada fue un personaje que bien podría haber surgido de la pluma de Jorge Luis Borges o de la imaginación de cualquier escritor que recopilara las andanzas de los guapos del Buenos Aires de principio de siglo, pero lo cierto es que existió. Tuve oportunidad de conocerlo y fue entre los años de mi infancia y entrada a la adolescencia, es decir 1952 a 1960 aproximadamente.
Era distribuidor de diarios y revistas y como tal, poseía una camioneta de esas clásicas que reparten aquel material entre los kioscos.
Vivía en la Av. Independencia 4188 / 90 con su esposa y sus dos hijos, uno de los cuales – el varón – era discapacitado. Compartía la misma casa, que al frente presentaba un taller mecánico, con Julián su cuñado, que atendía ese negocio.
Roberto era hincha de Racing y como tal, amigo de mi padre que por la afinidad de divisa futbolera y vecindad de locaciones, mantenía prolongadas y animadas conversaciones tanto al pasar frente a la ferretería como, ocasionalmente, en el bar y restaurante que estaba en la ochava opuesta, cruzando José Mármol.
Ese lugar que estaba regenteado por el boxeador Antonio Lucero (Kid Cachetada), era el epicentro de las reuniones de los hombres del barrio que se juntaban para hablar de fútbol, carreras de autos, boxeo o política y que, según la hora del día, eran consumidores de café, vermut con ingredientes o comidas. En este último caso, la fisonomía del lugar con su salón aledaño, adquiría el aspecto de “fonda”.

Roberto Losada era muy amigo de sus amigos, pero poseía una característica muy especial, cuando algo lo sacaba de sus cabales, se iba rápidamente a las manos. Y era de manos pesadas. Tenía fama de guapo… de aquellos de no aflojar…En su camión solíamos ir, con mi padre y otros amigos, a la cancha de Racing o al Luna Park cuando se presentaba el “Crédito del barrio” Oscar Acefe, un boxeador categoría mediano que habitualmente asistía al café a charlar con los parroquianos y con su colega Kid Cachetada.
En cierta ocasión, el ambiente de ese café se conmocionó deportivamente porque a Acefe le homologaron la posibilidad de pelear con José María Gatica. Fue durante el mes previo, la conversación obligada y cada vez que Acefe se acercaba al lugar lo inundaban de preguntas sobre su estado físico y preparación para aquel combate. Él respondía que se estaba preparando como nunca para vencer al “Mono” y como solía suceder, comenzó a correr el dinero en apuestas.
Losada a la vez de estimularlo, le decía una y otra vez si podía apostar a su favor con confianza, recibiendo siempre efusivas respuestas afirmativas: “El Mono viene en declive”…”anda con todas las minas que lo van a buscar al Luna y se entrena poco y sin fuerzas”…, comentaba con total convicción Acefe. Y Losada apostó fuerte…muy fuerte…
La semana previa a esa pelea presentaba ambiente festivo en el barrio. Se colocaron pasacalles y carteles invitando a acompañar y alentar a Acefe.


Ese sábado mi padre cerró tarde la ferretería ultimando los detalles para ir en el camión de Roberto al Luna Park. Había prometido llevarme y me entusiasmaba la posibilidad del pequeño deleite de comer panchos y tomar Bidú en los altos de la tribuna popular percibiendo desde allí todo el clima.
El combate, recuerdo, era de trámite totalmente favorable a Acefe. El “Mono” estaba realmente desdibujado y a merced de su contrincante algo más joven y, teóricamente, con sed de fama. Inclusive, en un round, lo tuvo al borde del knock-out. Sonó la campana y cada uno a su rincón, Acefe parecía ajeno a todo el aliento de sus seguidores, que no eran pocos.
Pasó el minuto, sonó la campana y sucedió lo imprevisto… o estaba previsto?...Se colocaron frente a frente en el centro del ring y en guardia, Acefe inclinó su torso hacia adelante, algo agazapado y se quedó inmóvil un instante, hizo un gesto de dolor se tomó la cintura, todavía doblado. Gatica lo miró como sorprendido y el referee autorizó seguir con un gesto afirmativo, el “Mono” tiró su derecha sin demasiada convicción y Acefe cayó, quejándose más de su cintura que del golpe recibido. Gritos, insultos, monedas y amenazas verbales acompañaron a Acefe y sus colaboradores a los vestuarios.
La vuelta al barrio fue de ambiente denso. La desconcentración en la esquina de Independencia y José Mármol fue muy lenta y cargada de broncas. Allí quedaban los pasacalles y carteles frente al desanimado ambiente del bar. Los comentarios de la semana eran coincidentes: Acefe se había “vendido”, decían los más. Había apostado en su contra, decían los menos. Cualquiera hubiese sido el motivo, la derrota no había tenido transparencia.
Losada estaba indignadísimo y cada día preguntaba en el bar por Acefe. Este, durante 15 a 20 días no apareció por allí, hasta que, creído que las aguas se habían calmado, retornó como pasajero trasero en una moto, portando un grueso corsé de yeso que le cubría desde la línea de las axilas hasta la cintura. Enseguida se corrió la voz sobre su presencia y Losada no tardó en llegar. Desafiante, le recriminó haberse “entregado” por un puñado de pesos, Acefe aseguraba que su lesión de columna era cierta y mostraba insistentemente el corsé. La discusión se tornó áspera y Losada fue terminante:…”en cuanto te saquen el corsé, te las vas a ver conmigo y te voy a hacer pagar el dinero que me hiciste perder”…
Oscar Acefe no volvió al ring ni al bar de Independencia y Mármol. Tiempo después, la gente se enteró que había comprado una rotisería en las inmediaciones de Yerbal y Río de Janeiro (Caballito) y se había casado con una muchacha de dudosos antecedentes morales.
En otra ocasión, saliendo de la cancha de Racing, Losada al volante de su camión tuvo un entredicho con un agente de policía por triviales temas de tránsito y estacionamiento. La discusión fue “in crescendo” hasta que, desafiante, le dijo al uniformado:…”que con un arma, cualquiera se hacía el guapo”…El policía quizá inexperto y herido en su amor propio, dejó la pistolera sobre el capot del camión y no le fue bien. Recibió un par de golpes y desde el suelo, vio como le arrojaban su pistolera y se alejaba a bordo del camión.
“A cada chancho le llega su San Martín”, decía un viejo refrán y a Roberto Losada le llegó…
Nunca se supo bien si las causas fueron asuntos de juego, polleras o intereses laborales. La crónica judicial lo habrá aclarado en su momento. La crónica barrial se ajustó a lo acontecido esa madrugada:
Alrededor de las 3 de la mañana, Roberto recibió un mensaje telefónico y el peor de los insultos que le podían proferir…”hijo de p…, si sos tan guapo, te espero en quince minutos frente a lo de Cerrutti”…
El dueño de esas palabras sabía que Losada tenía como única y temible arma a sus puños y en ellos confiaba. Su cuñado Julián también lo sabía pero como aparentemente sabía quién lo había llamado, trató de persuadirlo:…”no vayas Roberto, ése es un pesado y peligroso… al menos dejá que te acompañe”…
Losada no era de “arrugar” y salió solo. Julián no se quedó tranquilo; tomó un revolver que tenía en el taller y lo siguió a 50 o 60 metros de distancia.
Cerrutti era una agencia autorizada de IKA que estaba en Juan Bautista Alberdi entre Av. La Plata y Senillosa, vereda impar sobre la mitad de la cuadra, es decir que había poco más de 250 metros desde la casa de Losada.
El dueño de aquella desafiante llamada sabía que ante tal desafío, Roberto asistiría y también lo conocía de sobra para dejarlo aproximarse a menos de 3 o 4 pasos de distancia. Había urdido un plan de distracción teniendo como aliada a una mujer a quien envió al verlo acercarse, escondiéndose a su vez  amparado por la oscuridad y las sombras, detrás de un árbol.
Losada, al verla, le preguntó por el hombre, este , arma en mano, salió de su escondite y disparó dos balazos al pecho de Roberto, Julián, que había contemplado la escena y ya venía corriendo, disparó a su vez contra el hombre, que cayó en un charco de sangre.
Losada, haciendo caso omiso a su cuñado que le pedía tranquilidad y que se quedara en el suelo, incorporándose trabajosamente paró un colectivo de la línea 226 (actualmente 56) que hacía su recorrido por Independencia, J.B. Alberdi y doblaba en Senillosa y le dijo al chofer :…”hermano, llevame al Bosch(actualmente Hospital del Quemado) que estoy herido”… Al pasar frente a la Seccional 10ª,(Senillosa 650) avisaron a la policía y Losada, que seguía moviéndose inquieto en el colectivo, murió al llegar al hospital, distante apenas 4 cuadras de la comisaría. Julián, por aquella muerte, estuvo detenido en Devoto alrededor de 2 años.

San Juan y Boedo antiguo…

Todo aquel vecino que hoy viva en Boedo y oscile entre los 30 / 35 años de edad o aquel que transite la arteria principal desde Independencia hasta Cochabamba o Constitución e incluya 2 o 3 cuadras a cada lado de esta avenida o de la Av. San Juan o la misma Carlos Calvo, difícilmente podrán imaginar que en esa relativamente pequeña zona pudieran existir y convivir tantos locales dedicados a la difusión de películas y obras teatrales.
Solamente ubicándose en una época en la que durante décadas el único entretenimiento hogareño era la radio, que incentivaba la imaginación más o menos fértil del oyente y que luego sentía la lógica curiosidad de conocer la fisonomía de aquellos rostros anónimos y agregando que a partir de los últimos años de la década del ‘50 la televisión ingresó paulatinamente en los hogares, acentuándose tal tendencia hacia fines de los ’60 con la proliferación de canales de aire (las antenas también cambiaron la geografía en las terrazas); la llegada de las video películas hogareñas a mediados de los ’80 y como golpe letal la impresionante proliferación de canales por cable, resulta suficiente explicación a la desaparición de aquellos cines y teatros barriales.
Boedo fue sin dudas precursor en calidad y cantidad de ese tipo de locales y bastará dar un repaso somero para confirmar esas afirmaciones.
CINES
Alegría                                   Boedo 875
                        Gral. Mitre – Moderno         Boedo 937 / 39
                        Los Andes                            Boedo 777
                        Gran Cine Cuyo                   Boedo 858
                        Gran San Juan – Select San Juan            San Juan 3244 / 46
                        Del Plata                               Av. La Plata y Carlos Calvo
                        Bristol                                    Independencia 3618 / 22
                        El Nilo                                    Boedo 1063
                        San Antonio                          Independencia 4053





TEATROS
 Haciendo  la observación que varios de los cines mencionados cumplían la doble función debido a la generosidad de sus escenarios, también existieron en Boedo locales dedicados al teatro que fueron también en algún momento cines.
                        Teatro Boedo                       Boedo 949
                        Teatro América                    Boedo 819
                        Sociedad Tipográfica Bonaerense           San Juan 3244 / 46
Para comprender la dimensión que tomaron esas salas, bastará mencionar algunos de los artistas que por ellas desfilaron en distintas épocas de gloria para la escena nacional:
Enrique Muiño; María Esther Gamas; Malvina Pastorino; Daniel De Alvarado; Imperio Argentina; Pepe Arias; Alberto Anchart; Eva Franco; Mario Fortuna; Agustín Castro Miranda; Antonio Cunill Cabanellas; Pedro Aleandro; María Luisa Robledo; Osvaldo Miranda; Carmen Vallejos; Tincho Zabala; Marianito Bauzá; Ricardo Lavié; Noemí Lasserre; etc.

De chiquilín te miraba de afuera…

Con su pasado ancestral de pulperías en la época de arrieros, barro y pampa y descendientes más cercanos de los almacenes de campaña que luego se fueran transformando en almacenes de ramos generales para luego bifurcarse en dos actividades separadas – Almacén y Despacho de bebidas -, los cafés fueron proliferando ante la necesidad casi imperiosa del hombre del Buenos Aires de entonces que, con generosas horas disponibles luego de sus tareas laborales o directamente con tiempo total de ocio, buscaba un lugar apropiado donde reunirse para discutir de política o fútbol; jugar cartas; dados o dominó; escuchar las “últimas novedades” de Gardel, Corsini o Magaldi que emergían de las vitroleras gracias a los discos de pasta que únicamente se reemplazaban cuando “se rayaban” de tanto uso.
Como suele suceder en lugares abiertos a todo público, a esos recintos concurrían distintos tipos de parroquianos. De tal forma, en sus mesas – que según nos hizo saber Discépolo – nunca preguntaban, se solían apoyar tanto los codos de nostálgicos que aburridos, veían transcurrir las horas revolviendo varios cafés observando a través de los ventanales el movimiento exterior sin prestar atención a algo en especial, como poetas vocacionales que volcaban en desordenados papeles sus propias vivencias, desengaños o experiencias de vida que luego se transformarían en letras de tango con mayor o menor suceso.
Boedo fue afortunadamente, rica y generosa en personajes que luego trascenderían en el acervo cultural tanto de las letras como de la música y esa cantidad de hombres fue proporcionalmente acompañada por locales habilitados como cafés que, según las preferencias de divisas futboleras o simpatías políticas, fueron delineando un perfil hasta llegar a las creencias sectarias de catalogar a algunos como “santuarios de la cultura”, a otros como “normales de barrio” y otros directamente como “de bajo fondo” debido a la certeza que en su interior se jugaba por dinero a las cartas; se levantaba quiniela o en sus fondos se practicaba la riña de gallos o la prostitución.

Los cafés de Boedo

Quizá el más famoso por la trascendencia que le diera Homero Manzi en su letra del tango “Sur” con música del Aníbal Troilo y la creencia generalmente aceptada que esos versos fueron escritos en sus mesas,- algunos arriesgan que fue exactamente sobre uno de sus grandes ventanales que dan a la calle Boedo- es el que se encuentra en la esquina noroeste con San Juan. Por tal motivo, merece la especial mención de extenderse sobre su historia: Originalmente el local destinado a la sastrería “Los dos Petisos” cesó su actividad y dio paso a un extenso y rectangular café cuyo lateral más extenso era y es, frente a la Av. Boedo. Su primer nombre fue “El aeroplano” y en una de sus paredes estaba dibujado un avión con la imagen de Jorge Newbery. También se menciona que allí nacieron los compases del vals que lleva ese nombre (1927)
Hacia 1937, el local fue adquirido por inmigrantes japoneses que, manteniendo el rubro comercial le cambiaron el nombre, acaso por nostalgias de su lejana tierra por más de una década el café se denominó Nippón hasta que a mediados del año 1948 y con nuevos propietarios fue rebautizado con el nombre de Canadian que  a la postre sería el más duradero que tendría hasta nuestros días. Por más de cuatro décadas llevaría esa identificación hasta que en postrimerías de la década del’80 la modernización orientada mas al sentido turístico que al histórico le diera su nombre actual: Homero Manzi. Como ocurriera en todo café que se preciara de mayor elegancia, tuvo su espacio “Reservado” que, separado por elegante mampara de madera tallada y vidrios esmerilados, resguardara de miradas indiscretas a los jefes de familia que llevaban a sus hijos a tomar gaseosas mientras leían el diario y tomaban su café o a parejas de novios muchas veces “clandestinos” que de cierta forma, cubrían su intimidad.
Especialmente, a partir de loa años ’80 la esquina y el café fueron objeto de los homenajes y el reconocimiento de distintas entidades para con tan histórico lugar. Hoy pueden apreciarse buena cantidad de placas de bronce y no fueron pocos los homenajes musicales realizados con artistas “en vivo” en esa esquina que, quizá como símbolo póstumo, aún conserva el viejo buzón aunque por imperio de las privatizaciones, su tradicional rojo fuera reemplazado por el azul eléctrico.


Otros cafés de Boedo

El Capuchino            Carlos Calvo 3619 – Con actuaciones “en vivo”, el derecho al espectáculo estaba asegurado con la consumición del tradicional brebaje.
Dante                         Boedo 745 – Tradicional por su salón de billares. Allí sesionó el movimiento cultural “República de Boedo”
Biarritz                       Boedo 868 – Hoy Banco Ciudad. Originalmente llamado “Atlántico”, en su planta alta funcionó la “Peña Pacha Camac” fundada por Don José González Castillo (padre de Cátulo Castillo)
La Puñalada           Boedo y Rondeau – Originalmente llamado De la Paz, su ambiente  estaba formado por simpatizantes del Club Huracán.
Gran Boedo              Boedo 819
Don Vicente              San Juan  entre Colombres y Castro Barros
20 Billares                 Boedo 773
Gardel                        Boedo y México
El Japonés                Boedo 873
Cerrito                       Carlos Calvo y Quintino Bocayuva
Bareto                                   Carlos Calvo entre Mármol y Muñiz
Río de Oro                 Boedo y Carlos Calvo
Y no puede dejar de destacarse la
Munich                       Boedo 963 – que ofrecía grandes espectáculos con artistas en su escenario. Son especialmente recordadas las actuaciones de la orquesta de José Basso y el cantor Jorge Vidal.
En todos los comercios mencionados era frecuente encontrar personalidades del arte, del deporte y de las letras. Entre los asistentes más notorios y recordados merecen destacarse a Homero Manzi, Alberto Vacarezza, Elías Alippi, Pedro Bidegain, Julián Centeya, Ernesto Franco, José F. Sanfilippo, Oscar Bonavena; Osvaldo Pugliese, José González Castillo. Cátulo Castillo, Sebastián Piana, José Gobello, Francisco Reyes y tanto otros nombres que se mezclan en el tiempo y la distancia.
Acaso debido a que desde sus orígenes el barrio fue frecuentado por payadores y artistas originales de circo y luego saineteros de teatro, desde principios de siglo los hombres de letras tuvieron en Boedo un refugio apto para desarrollar – con vuelo poético muchos de ellos – sus inquietudes literarias.
Ya habían desfilado por sus pulperías nombres de la talla de José Betinoti, Federico Curlando, Gabino Ezeiza, Higinio Cazón cuando dejaban atrás su adolescencia y se juntaban en los cafés otros nombres, hasta entonces ilustres desconocidos o incipientes artistas.
De esa forma aparecieron Dante Linyera (Francisco Bautista Rímoli); Homero Manzi (Homero Manzione Prestera); José González Castillo; Cátulo Castillo (Ovidio Catulo González Castillo) y  Sebastián Piana por nombrar algunos y no todos ante el temor de olvidar a otros.
Ante tales evidencias, Boedo ha quedado inexorablemente ligada al tango y algunos autores y compositores se han encargado de dejar testimoniado para la posteridad su recuerdo y homenaje al barrio que los vio nacer, crecer o desarrollarse en sus actividades.
Tangos al barrio

Boedo ( Letra Dante Linyera – Música Julio De Caro)

Sos barrio del gotán y la pebeta,
el corazón del arrabal porteño
cuna del malandrín y del poeta,
rincón cordial, la capital del arrabal.

Yo me hice allí de corazón malevo
porque enterré mi juventud inquieta,
junto al umbral en el que la pebeta
ya no me espera pa’ chamuyar.

Boedo, vos sos como yo,
malevo como es el gotán,
abierto como un corazón
que ya se cansó de penar.

Lo mismo que vos soy así:
por fuera, cordial y cantor…
A todos les bato que si
y a mi corazón le bato que no.

Sos como yo de milongón…Un cacho
del arrabal, en su emoción del lengue,
ande el gotán, provocador y macho
 hoy es el dios, nuestro señor del berretín.

¿Qué quiere hacer esa fifí Florida?
¡Si vos ponés tu corazón canyengue,
como una flor en el ojal prendida
 en los balcones de cada bulín!

Barrio de tango, luna y misterio…

Sur  ( Letra Homero Manzi – Música  Aníbal Troilo)

San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre florando en el adiós.

La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón,
y un perfume de yuyos y de alfalfa
 que me llena de nuevo el corazón.

Sur, paredón y después…
Sur, una luz de almacén…
Ya nunca me verás cómo me vieras,
recostado en la vidriera, esperándote.


Ya nunca alumbraré con las estrellas
 nuestra marcha sin querellas
por las calles de Pompeya.
Las calles y la luna suburbanas,
y mi amor en tu ventana,
todo ha muerto, ya lo sé…

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido
Pompeya y al llegar al terraplén,
mis veinte años temblando de cariño,
bajo el beso que entonces te robé.

Nostalgias de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó,
pesadumbre de barrios que han cambiado
 y amargura del sueño que murió.

Florida de Arrabal    (Letra Dante Linyera – Música Ricardo L. Brignolo)

Barrio de hacha y tiza, papuso, canyengue,
ande tuvo cuna la nueva emoción,
ande el alma rea ligue usando lengue
y el tango se tuerce como un bandoneón.

Barrio pinturero y cancha ’e poetas,
ande los muchachos son como una flor,
ande se arremangan las lindas pebetas
que tienen los ojos en curda de amor

Boedo, Boedo, la calle de todos,
la alegre Florida del triste arrabal,
decile muy quedo, decile a la piba
romántica y papa que ya va a llegar.

Batile que espere soñando y alerta,
que sólo es un tango la loca ilusión,
que pronto el garabo se irá hasta la puerta
torciendo la pinta como un bandoneón.

Y entonces , Boedo, papuso, canyengue,
al ritmo rasposo de un dulce gotán,
verá a una pebeta que agita su lengue
cuando se despide de su gavilán.

Otros autores refirieron parte de sus letras al barrio de Boedo y que, no por poco difundidas deben dejar de recordarse:
De San Juan y Boedo                      de Enrique Cadícamo y Luna
Chiclana                                             de Julio De Caro y Mario Gomila
Milonga de los siete barrios             de Sebastián Piana y José Gobello
Milonguita                                           de Enrique Delfino y Samuel Linning
Tierra negra                                        de Juan F. Noli
Cortada de San Ignacio                    de Horacio Salgán y Carmelo Volpe.

Tiempo de tranvías…

El desarrollo urbanístico y la explosión demográfica experimentada en la ciudad de Buenos Aires a partir de los años ’30 y que se acentuara en las décadas del ’40 y ’50, provocaron como saludable consecuencia que Boedo quedase “encerrada” en una estratégica posición geográfica, casi en el centro de la Capital Federal y rodeada de barrios como Almagro, Once, Parque Patricios y Caballito.

De tal forma, se fue convirtiendo en paso obligado de muchos medios de transporte que abastecían la demanda de pasajeros que se trasladaban de Sur a Norte o Este a Oeste y viceversa. En aquellos años se extendía aceleradamente la actividad fabril y manufacturera en la zona sudeste de la ciudad (Barracas /Nueva Pompeya) y se confirmaba las tendencia iniciada por los gobiernos de turno de establecer desde la Av. Entre Ríos hacia el Puerto, todos los ministerios y organismos oficiales en forma lindante o cercana al Congreso Nacional y la Casa de Gobierno. Entonces y a través del tiempo se fueron sumando la sede de la Intendencia; los distintos ministerios; la sede de Tribunales; el Depto. Central de Policía Federal , etc. y consecuentemente a sus alrededores fueron asentándose comercios y oficinas concentradas en lo que hoy se conoce como “macro y micro centro”.
Todo aquel incipiente movimiento de gente – hoy febril – necesitó de distintos medios de transporte a los cuales Boedo recibió con beneplácito. Así recorrieron sus calles las siguientes líneas de tranvías; ómnibus y colectivos:
Tranvías:
              8        de Puente Uriburu al Correo Central
              9        de  Puente Uriburu a Constitución
            19       de Av. La Plata y Chiclana a Plaza de Mayo
            23       de Av. La Plata y Chiclana a Viamonte y Maipú
            27       de Av. La Plata y Chiclana a Plaza de Mayo
            43       de Flores a La Boca
            44       de Parque Chacabuco a Plaza de Mayo
            48       de Nueva Chicago a Correo Central
            55       de Nueva Pompeya a Retiro
            73       de Parque Patricios a Plaza Italia
            76       de Caballito a Recoleta
            90       de Villa Urquiza a Constitución
Dentro del perímetro del barrio hubo algunas estaciones de tranvías que, con el paso del tiempo y la desaparición de líneas o su reemplazo por ómnibus fueron modificando sus estructuras o, directamente utilizadas en otras actividades Caben mencionarse las que existieron en Boedo entre Independencia y Estados Unidos,(hoy Escuela Técnica), Carlos Calvo, Sánchez de Loria y Estados Unidos (hoy Plaza Mariano Boedo) y Castro Barros entre Carlos Calco y Estados Unidos ( Hoy Esc. Nº 14 “Intendente Alvear” y Jardín de Infantes Común Nº 4 “Mariano Boedo”)

Ómnibus:
            17       de Boedo y San Juan a Segurola y Gaona
            27       de Villa Pueyrredón a Plaza Constitución
            34       de Villa del Parque a Plaza Constitución
            44       de Villa Lugano a Estación Retiro
            57       de Boedo y San Juan a Estación Liniers
            62       de Villa Real a Puente Uriburu
            65       de Puente Pueyrredón a Barrancas de Belgrano
            71       de Plaza Constitución a Estación Saavedra
         122        de Junta y Laguna a Plaza de Mayo
Colectivos
            7          de Parque Avellaneda a Puerto Nuevo
            56 (ex 226) de Villa Lugano a Aeroparque
            53 (ex 213) de La Boca a Palomar / San Miguel
         126        de Nueva Chicago a Av. Antártida Argentina
Subterráneos
Como una rama emergente del trazado original de la línea C (Constitución / Retiro), en el año 1944 se habilitó un desvío que llegaba hasta San Juan y Gral. Urquiza con una extensión provisoria utilizada solamente para maniobras que llegaba hasta Boedo y San Juan.
En el año 1950 se habilitó la estación Boedo con andenes de madera, situación que nacida como provisoria, se prolongó durante 16 años. A mediados de la década del ’60 se inauguró oficialmente el andén central único para ambas direcciones. En el hall central del primer subsuelo se colocó un busto realizado en bronce con pedestal de granito y mármol de Mariano Boedo.

A la estación se accede mediante cuatro bocas existentes a nivel de calle, todas habilitadas sobre Boedo – una en cada esquina – casi en la intersección con San Juan.
Como curiosidad algo olvidada por el paso de los años, originalmente se había tomado la determinación de presentar cada estación con distintos colores en sus mayólicas y cerámicas para orientar a los analfabetos. De tal forma, a Boedo le correspondió en suerte el color rosa y a la estación Urquiza el marrón, cromatismo que aún se mantiene.
En 1966 la ya autónoma Subterráneos de Buenos Aires, dependiendo del Ministerio de Economía (Transporte de Buenos Aires entró en proceso de liquidación) comenzó una etapa de modernización y progreso que luego se fue regulando de acuerdo a los vaivenes políticos / económicos del país todo: se habilitó a la altura de San Juan y San José un tramo hasta Hipólito Yrigoyen y Bolívar. De esa forma, la línea C tuvo su trazado entre Constitución y Retiro y la línea E se independizó, cubriendo su recorrido entre Boedo y Plaza de Mayo (estación Bolívar), con la estación mencionada, más la estación Belgrano, la estación San José y la estación Independencia en la cual el pasajero podía acceder a la combinación de ambas líneas, situación que aún se mantiene vigente.
Promediando el año 1973, el trazado que hacia el oeste ya hacía una década había llegado a la Av. La Plata, fue prolongado hasta José M. Moreno y en 1984 se habilitó un importante tramo que agregó estaciones como Emilio Mitre, Medalla Milagrosa, Varela y Plaza de los Virreyes, terminal actual donde luego se habilitaría el Premetro (moderno tranvía) que uniría a un punto tan densamente poblado como el complejo habitacional Lugano I y II. De tal forma, la explosión demográfica de la ciudad dejó en el medio de su trazado a la estación Boedo que fue durante décadas, terminal del transporte bajo nivel.


Fuentes de consulta
Instituto Histórico de la Ciudad de Bs. As.
Diarios: Clarín, La Nación. La Prensa
Mensuario vecinal Tiempo de Boedo
Asociación Amigos del Tranvía
Academia Porteña del Lunfardo
 Archivo de mi memoria en Subterráneos de Bs. As.
Archivo de mis vivencias personales

Agradecimientos
Al Ing. José Mario Dato, ex Jefe Técnico de Línea E y ex Gerente Técnico de Subterráneos de Bs. As. Maestro y amigo que me ensenó –como a tantos- a cuidar el barrio “desde abajo” Aún hoy, fuente insustituible de consulta
A las autoridades de la Junta de Estudios Históricos de Boedo, por haber organizado este Congreso y permitirme participar en él, a pesar de haber emigrado del barrio.
A la memoria de mis padres, que me hicieron nacer y ayudaron a crecer queriendo al barrio, simplemente predicando con su ejemplo.
A mi hijo Pablo que el destino quiso que la empresa en la que trabaja abriera una sucursal en el barrio y fuera trasladado allí, haciéndome sentir que a través de él sigo ligado a mi barrio.
A BOEDO… simplemente por ser.






































































2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, aquí se menciona el café el japonés de Boedo 873. Gracias por recordarlo. En algunos sitio dicen que era el japonés Yamagata, y en otros Jamahata. Soy el nieto del japonés del cafe El Japonés de Boedo 873. Su nombre era Motokichi Yamagata. El apellido Yamagata quedo en argentina registrado como Yamakata (en japonés se escribe 山縣 y significa ¨condado de montaña¨ hay otros apellidos yamagata que se escriben distinto). Motokichi Yamagata vino a la Argentina en el grupo de los primeros Japoneses que migraron a america en 1908 en el Barco Kasato Maru a Brasil. 50 de ellos emigraron a Argentina entre 1909 y 1910. Mi abuelo fundó el café El japonés de Boedo 873 que tuvo como habitués a Roberto Arlt y el resto del grupo literario Boedo. También tuvo el café el japonés que menciona Roberto Arlt en el libro ¨los siete locos¨ ubicado en Cerrito y Lavalle. Motokichi Yamagata desciende del clan Yamagata a su vez descendiente del clan samurai mas poderoso de la historia llamado Minamoto Seiwa Genji,que descendía del 56 emperador de Japón, el Emperador Seiwa. Motokichi Yamagata y su esposa Sei tuvieron 4 hijos, Elena, Hideo, Tokio (mi papa) y Hiroko. Tokio Yamakata tuvo a dos hijos, mi hermana kiko y yo Roberto Yamakata, que tengo dos hijos Christian y Pablo. Gracias por recordarnos, la historia esta en mi libro ¨samurais en occidente - historia de guerreros que migraron de japon¨. Un afectuoso saludo al barrio de Boedo. Roberto Yamakata, ryamakata@hotmail.com

Mònica Aisemberg de Miller dijo...

VIVO EN BOEDO Y LEI CON GRAN PLACER LOS DATOS QUE TAN EMOTIVA Y DETALLADAMENTE DESCRIBE DE SUS NOSTALGICOS LUGARES.
CON ESTE MAPA DE SU MEMORIA COMENZARE SU RECORRICO CON HISTORIA.
DESEARÍA PODER INVESTIGAR ASIMISMO LOS ANTIGUOS CORRALONES DONDE SE HACIAN REPARTOS CON CARROS Y CABALLOS.
AGRADECERÉ ORIENTACION PARA INVESTIGAR SOBRE EL TEMA.
MUCHAS GRACIAS POR LA NOTA.